1 may. 2013

De viajes en autobuses que no deberían salir nunca

Cuando era pequeña, me encantaban las hadas.
Pequeñas, frágiles, mágicas y que morían con las mentiras.
Siempre he deseado capturar una que hiciera mis sueños realidad
y mi vida más fácil.
Sin embargo, aunque he creído siempre en ellas,
nunca he tenido el placer de encontrarme con ninguna que me salvara.
Después de más de nueve años, he encontrado la que es perfecta
pero vuela demasiado alto para mí.
La veo ahí, a lo lejos, burlándose de lo diminuta que soy
en comparación con el mundo.
Aunque ella sabe que cabe perfectamente en la palma de una mano,
también me hace saber a mí que lo que me hace pequeña
es mi incapacidad para verla a ella inmensa, como lo es.

Me hechiza con su polvo fantástico, pero sigue inalcanzable.
Y sigo sin construir esa escalera al cielo para lograrla.
Sigue revoloteando a mi alrededor, mientras la carretera sisea
y aún me dura el efecto de quererla.
"No te preocupes, la vida es fácil", me gritó desde las alturas,
quitándole importancia a sus voleteos, a su luz
y a su capacidad de inventar sueños que se cumplen.
Ella es magia y me hace mágica a mí con cada beso
y me canta esos versos que me encantan, que me hechizan
y deshacen los problemas, los barrotes de la prisión
que para mí significa mirarla desde tantos kilómetros de aire.
Le dije que bajara, que me irradiara libertad hasta quemar
pero me juró por la verdad que consiguiría con su polvo
hacerme volar para alcanzarla.

La miro, me sonríe desde arriba y me hace polvo,
el mismo que utiliza para tenerme hasta las trancas.
Que los kilómetros no nos hagan perder el sueño
de que algún día no los hayan.


1 comentario:

Butterflied dijo...

Los dos versos finales hacen que el poema "sea mío". Me encanta. Larga vida a las hadas.