26 mar. 2013

Mi salida


No sé qué me pasa y tampoco sé si quiero invertir tiempo en descubrir lo qué es. Tal vez sea el tiempo que llevo intentando averiguar por qué vivo al final de cada escalón donde tropiezo, quedándome a esperar que el siguiente no haga lo mismo que el anterior.

Vivo bien y todo eso está genial para darme cuenta que sé moverme, sé existir y pegarme esos bailes que la mayoría de las personas suelen declinar.
Saber existir no quiere decir que respirar lo sea todo. Quizás no sea suficiente el hecho de saber que vivo, quizás falte una buena razón, unos labios que sepan marcarme a mí como la diferencia abismal entre existir y existir para alguien. Aún no he encontrado a nadie capaz de convertir el agua que bebo en un buen vino, en brindar con él el roce fortuito de nuestros huesos, que acabarán desgastándose, enterrados por un roce similar al del placer, a la autodestrucción y muerte de los vanos intentos de significar.
A quién le importa
De dónde quiera escapar
Si ni si quiera la belleza interior de alguien
Puede hacerme levitar.
Eras la excepción y, como tal, debías ser excepcional. Has acabado presa de la ambigüedad de lo que ni yo misma concibo que somos.
Vamos, tú puedes, eres capaz de descongelar todo este tiempo perdido que se ha amontonado. Venga, tú puedes, detén esta coagulación de estigmas y cicatrices firmadas con otras bocas. Venga, tú puedes, hazme renacer de mis cenizas, sácame brillo con el tuyo.
Y cuando menos lo esperes, te habré dejado atrás como hago con cada arruga de mi colchón que pretende destacar

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