24 ene. 2013

Hace tiempo que no me desnudo para alguien


Hace tiempo que no me desnudo para alguien. He follado, he hecho el amor y he vendido mis besos rebajados alguna que otra noche. Pero se queda en eso, en saliva, en coqueteo de bisutería barata, en sonrisas que no se vuelven a ver.
Cuando digo que hace tiempo que no me desnudo para alguien, no me estoy quejando. Follar viene bien de vez en cuando, desesperar, que te arranquen la piel; apresar y ser apresada y un hasta luego que huele aún reciente a sábanas removidas. No busco más que eso, guarecerme de vez en cuando bajo el nombre de alguien que acabo de conocer o, tal vez, que no terminaré de conocer nunca.
Sin embargo, hoy me ha asaltado esa frase o, mejor dicho, ese hecho. Qué fácil es quitarse capas de ropa y quedarte con todas las de la piel, esa coraza que evita que cualquiera ponga un dedo con sus ojos sobre mi alma polvorienta y resentida, que evita que cualquiera pueda juzgar el porqué me duele una cosa u otra.
Hace tiempo que no sangro en público, que a escondidas me hago transfusiones de lo que pienso yo que son mis sueños. Y me recluyo, en madrugadas que pasan como cometas, haciendo que mi pena se vaya quedando en los huesos, haciendo tintinear esas copas que nos bebimos después de brindarnos un “hola”, un gemido y un “adiós”.
Y lo que duele me empapela por dentro, sin dejarme expirar las cuatro palabras mal dichas que me debo a veces, las cuatro lágrimas que, tímidamente, se atreven a asomar entre mis pestañas y a la mínima intención de caer, corren dentro a cobijarse bajo los párpados. 
Estoy cansada de decirle a mis lágrimas que no caminen descalzas, que luego se resfrían y no hay quién las convenza de que no les pasará nada si de vez en cuando utilizan el puente de mi nariz como tobogán. Pero hace tanto tiempo que dejaron de ser niñas que ahora sólo salen cuando cuentan un buen chiste o cuando sobrepaso mis límites de porros.

Hace días que llevo abriendo esa puerta, esa que cerré con llave y en la que colgué el cartel de “cuarto de la limpieza” para que nadie reparara en ella. Esa puerta que guarda el hueco VIP, pequeñito y rebuscado de mi corazón, cubierto de telarañas y carteles de no entrar, que reservo a alguien valiente que desafíe mis deseos de que no entre nadie.
Y hace días que, abriendo esa puerta, te he encontrado detrás de ella, conviviendo con mis inquietudes, mis quejidos de casa antigua y los coyotes hambrientos que suspiran por alcanzar tu cuello. Sé que te has perdido y por eso te pregunto:
-¿Qué haces aquí?
Y tú, mirándome con tus ojos planetarios, me susurras:
-No hagas ruido. Noemí no sabe que me he colado aquí.
-¿Y por qué te has colado?
-Porque me había llevado a un sitio horrible, ese sitio donde mueren los amores que no llegan a serlo.
-Algo le habrás hecho, ¿no crees?
Y tú, me observas sin perder detalle, como siempre haces con todo y me dices:
-He forzado la cerradura con promesas y palabras bonitas.
 -Ahí lo tienes. Será mejor que salgas de aquí antes de que te encuentre.
-¿Por qué?
-Porque si te encuentra aquí, no tendrá fuerzas para echarte.


Hace tiempo que no me desnudo para alguien. Dejar caer la ropa, como guerreros eternos que se vencen al éxtasis, es el significado más fácil de los que tiene la palabra “desnudarse” y al que nunca le hago ascos. Sin embargo, cuando hablamos de desabrochar el sujetador o bajar las bragas a mis quebraderos de cabeza, es mi voz la que se quiebra sin decir palabras, tan sólo onomatopeyas que deben ser agradables de escuchar desde unos oídos y unas manos que se creen capaces de hacerme unos largos.
Dejarme ver por alguien que no va a entender ni una nimiedad de mí, que tal vez intente cambiarlo, decorarme a su gusto, sin valorar el esfuerzo que me supone dejar en cueros a mis asperezas, temblando de frío porque nadie las lima. Porque nadie se preocupa por cuidarlas y que no se conviertan en grietas.
Ha pasado tiempo desde la última vez que me desnudé para alguien porque la última vez que dejé de lamerme las heridas creyendo que iban a ser otras papilas gustativas las que me iban a sanar, acabé zurciéndomelas con hilo temporal de ese que no se recupera. Ese ovillo gris de tiempo que te entregan cuando naces y que año tras año los de tu alrededor te repiten que no lo malgastes por lo que no vale la pena, porque no tienes más que ese poco. Y tú lo guardas, lo reservas y lo mimas todos los días, creyendo que lo utilizarás para remendarte alguna sonrisa mal llevada, la muerte de tus padres o algo que valga verdaderamente la pena empeñar un poco de esa riqueza que tenemos todos. En cambio, malgastas la mitad en la primera morena de mirada furtiva que te obliga a replantearte cada poro por el que respiras. Y si no esa chica, será otra, y con el tiempo los goznes de la puerta de ese “cuarto de la limpieza” se oxidarán más y más hasta que ni la persona más preparada, valiente e invencible pueda moverla y te mirará, y en ese momento te encogerás de hombros.
 “Qué iba a saber yo que el tiempo es oro y que, por su ausencia, vagabundeo por las calles bebiendo de los cartones de la lotería que nunca me tocó”.

Siempre me arriesgo, siempre cometo los mismos errores, los mismos puntos suspensivos, que se llevan por encima, como hormigas, mis silencios.
Por eso decido cerrar por vacaciones la ciudadela de mí misma. Sin más tours ni más fiestas nacionales, en la que la única música es la fricción de mi cuerpo con algún otro.
Por una vez, tan sólo una vez, quiero que alguien se desnude delante de mí, que me borde con soltura esas cicatrices que me afean utilizando parte de su ovillo.
Por una vez, tan sólo una vez, quiero utilizar parte de mi hilo para coser las heridas ajenas de alguien, que desnudo, me haya facilitado sus coordenadas exactas. 
Por una vez, quisiera ser desnudada por alguien al que no le importe desnudarse primero.