31 ene. 2013

Y yo que me alegro



No me hagas mucho caso,
Pero a veces te has quedado atrancada
Entre mis manos
Mientras aplaudía cada puñalada
Cada mentira y cada engaño,
Como se aplaudía en los coliseos
A los leones hambrientos
Que devoraban armaduras
Más duras que la mía.

No me hagas mucho caso
Que hace días que permanece
Mi pulgar hacia abajo, sentenciando.
Y yo que me alegro
De que a tu recuerdo, ebrio de vacío,
Se le hayan olvidado los motivos
Para alojarse en mis adentros.

Y yo que me alegro
De que no me hagas mucho caso
Para no tener que explicarte,
A ti, luna de sal,
Que no soy yo, sino tú,
La que se ha quedado a medias
de escribir,
Pues este es el último poema
que permito que merezcas.



24 ene. 2013

Hace tiempo que no me desnudo para alguien


Hace tiempo que no me desnudo para alguien. He follado, he hecho el amor y he vendido mis besos rebajados alguna que otra noche. Pero se queda en eso, en saliva, en coqueteo de bisutería barata, en sonrisas que no se vuelven a ver.
Cuando digo que hace tiempo que no me desnudo para alguien, no me estoy quejando. Follar viene bien de vez en cuando, desesperar, que te arranquen la piel; apresar y ser apresada y un hasta luego que huele aún reciente a sábanas removidas. No busco más que eso, guarecerme de vez en cuando bajo el nombre de alguien que acabo de conocer o, tal vez, que no terminaré de conocer nunca.
Sin embargo, hoy me ha asaltado esa frase o, mejor dicho, ese hecho. Qué fácil es quitarse capas de ropa y quedarte con todas las de la piel, esa coraza que evita que cualquiera ponga un dedo con sus ojos sobre mi alma polvorienta y resentida, que evita que cualquiera pueda juzgar el porqué me duele una cosa u otra.
Hace tiempo que no sangro en público, que a escondidas me hago transfusiones de lo que pienso yo que son mis sueños. Y me recluyo, en madrugadas que pasan como cometas, haciendo que mi pena se vaya quedando en los huesos, haciendo tintinear esas copas que nos bebimos después de brindarnos un “hola”, un gemido y un “adiós”.
Y lo que duele me empapela por dentro, sin dejarme expirar las cuatro palabras mal dichas que me debo a veces, las cuatro lágrimas que, tímidamente, se atreven a asomar entre mis pestañas y a la mínima intención de caer, corren dentro a cobijarse bajo los párpados. 
Estoy cansada de decirle a mis lágrimas que no caminen descalzas, que luego se resfrían y no hay quién las convenza de que no les pasará nada si de vez en cuando utilizan el puente de mi nariz como tobogán. Pero hace tanto tiempo que dejaron de ser niñas que ahora sólo salen cuando cuentan un buen chiste o cuando sobrepaso mis límites de porros.

Hace días que llevo abriendo esa puerta, esa que cerré con llave y en la que colgué el cartel de “cuarto de la limpieza” para que nadie reparara en ella. Esa puerta que guarda el hueco VIP, pequeñito y rebuscado de mi corazón, cubierto de telarañas y carteles de no entrar, que reservo a alguien valiente que desafíe mis deseos de que no entre nadie.
Y hace días que, abriendo esa puerta, te he encontrado detrás de ella, conviviendo con mis inquietudes, mis quejidos de casa antigua y los coyotes hambrientos que suspiran por alcanzar tu cuello. Sé que te has perdido y por eso te pregunto:
-¿Qué haces aquí?
Y tú, mirándome con tus ojos planetarios, me susurras:
-No hagas ruido. Noemí no sabe que me he colado aquí.
-¿Y por qué te has colado?
-Porque me había llevado a un sitio horrible, ese sitio donde mueren los amores que no llegan a serlo.
-Algo le habrás hecho, ¿no crees?
Y tú, me observas sin perder detalle, como siempre haces con todo y me dices:
-He forzado la cerradura con promesas y palabras bonitas.
 -Ahí lo tienes. Será mejor que salgas de aquí antes de que te encuentre.
-¿Por qué?
-Porque si te encuentra aquí, no tendrá fuerzas para echarte.


Hace tiempo que no me desnudo para alguien. Dejar caer la ropa, como guerreros eternos que se vencen al éxtasis, es el significado más fácil de los que tiene la palabra “desnudarse” y al que nunca le hago ascos. Sin embargo, cuando hablamos de desabrochar el sujetador o bajar las bragas a mis quebraderos de cabeza, es mi voz la que se quiebra sin decir palabras, tan sólo onomatopeyas que deben ser agradables de escuchar desde unos oídos y unas manos que se creen capaces de hacerme unos largos.
Dejarme ver por alguien que no va a entender ni una nimiedad de mí, que tal vez intente cambiarlo, decorarme a su gusto, sin valorar el esfuerzo que me supone dejar en cueros a mis asperezas, temblando de frío porque nadie las lima. Porque nadie se preocupa por cuidarlas y que no se conviertan en grietas.
Ha pasado tiempo desde la última vez que me desnudé para alguien porque la última vez que dejé de lamerme las heridas creyendo que iban a ser otras papilas gustativas las que me iban a sanar, acabé zurciéndomelas con hilo temporal de ese que no se recupera. Ese ovillo gris de tiempo que te entregan cuando naces y que año tras año los de tu alrededor te repiten que no lo malgastes por lo que no vale la pena, porque no tienes más que ese poco. Y tú lo guardas, lo reservas y lo mimas todos los días, creyendo que lo utilizarás para remendarte alguna sonrisa mal llevada, la muerte de tus padres o algo que valga verdaderamente la pena empeñar un poco de esa riqueza que tenemos todos. En cambio, malgastas la mitad en la primera morena de mirada furtiva que te obliga a replantearte cada poro por el que respiras. Y si no esa chica, será otra, y con el tiempo los goznes de la puerta de ese “cuarto de la limpieza” se oxidarán más y más hasta que ni la persona más preparada, valiente e invencible pueda moverla y te mirará, y en ese momento te encogerás de hombros.
 “Qué iba a saber yo que el tiempo es oro y que, por su ausencia, vagabundeo por las calles bebiendo de los cartones de la lotería que nunca me tocó”.

Siempre me arriesgo, siempre cometo los mismos errores, los mismos puntos suspensivos, que se llevan por encima, como hormigas, mis silencios.
Por eso decido cerrar por vacaciones la ciudadela de mí misma. Sin más tours ni más fiestas nacionales, en la que la única música es la fricción de mi cuerpo con algún otro.
Por una vez, tan sólo una vez, quiero que alguien se desnude delante de mí, que me borde con soltura esas cicatrices que me afean utilizando parte de su ovillo.
Por una vez, tan sólo una vez, quiero utilizar parte de mi hilo para coser las heridas ajenas de alguien, que desnudo, me haya facilitado sus coordenadas exactas. 
Por una vez, quisiera ser desnudada por alguien al que no le importe desnudarse primero.



17 ene. 2013

Estás de paso


Te has quedado conmigo. Lo reconozco. Soy tuya. Has ganado esta guerra de desencuentros, irradiándome con tus labios de alquitrán de los que es difícil desprenderse. Has ganado el pulso al cosmos que suponía para mí seguir adelante, has venido abajo mi castillo de naipes a suspiros de más. Has ganado los trozos de mi corazón que permanecían sanos, los has intentado pegar y se han adherido a tus manos, procrastinando el momento en el que dejes de ser sólo una idea para pasar al hecatombe, a derrochar todo el miedo y que sólo queden las ganas que te tengo.
Has ganado el tour de tu vista de sombras por mi interior reducido a ruina y frío. Has intentado calarme los huesos a caladas largas de incertidumbre y contacto etéreo.
Has ganado ser reconocida por cada uno de mis poros y ahora cada órgano y recoveco de mi cuerpo quiere conocerte.
Te has vuelto tan célebre que mis pestañeos votan las mentiras que me dices como si fuera la verdad que me gustaría que fuera.
Me has ganado tanto, y tantas veces, que se me ha desprendido el apetito de merendarme todo en lo que has desembocado y ahora no puedo deshacerme de ti. Te meces dentro, utilizándome, obligando a hacerme cargo de ti en los momentos en los que te da por no salir de mi cabeza. Y empiezo a entrar en bancarrota y a verme obligada también a exigirte un alquiler. Y ahora intentas, con el autostop de tus pupilas inmensas, cruzar la frontera, el límite, grabarte a bisturí al abrirme en canal y quedarte a vivir en los ventrículos que de vez en cuando se contraen por ti.  Y pienso cobrarte un peaje considerable por haberme tomado como una copa más, alegando que fui de las que pican la garganta, y sin embargo no haberme descorchado del todo. Un peaje elevado para que no te sea fácil invadir y colonizar a metástasis mi corazón hecho jirones.
Has ganado, tal vez que te tocara más de lo debido, que me recubriera por dentro de ti, tapando las goteras que me arruinaban y que intentaba tapar a cómodos plazos.
Y a cómodos plazos me pagas tú lo que fuimos, porque fuimos algo grande, lo sabes y no te quieres quedar con él.
Porque que me hayas ganado esta vez conlleva perderme todas la veces siguientes.
Porque contigo no voy a cruzar la línea, y lo digo ahora, pisándola y cuando todavía no eres nada.
Recoge tus cosas y haz las maletas.
Y a pesar de todo, no quiero olvidarte, tan sólo cambiarte de lugar en la memoria, dónde que me importes o no ya no sea cosa mía. 

13 ene. 2013

El rodaje y su traspiés


Fue un abrazo, de menta, de sol, de regaliz. Fue un abrazo frío de refrescante, un abrazo como ponerse un abrigo nuevo después del verano. Fue abrazarla lo que me hizo quedarme. Fue su abrazo lo que me hizo irme.
Comencé escapándome a veces de mi realidad torpe y desgarbada para poder dedicarme un poco de insomnio a mí, colocando celo donde se iban desmoronando las metas y malgastando un poco de tiempo observándote dentro de mi cabeza.
Nuestra burbuja, un agujero espacio-tiempo que se ha parado por completo, que retrocede y acelera como un buen beso, ese que no te di. Que te debo, como esa aguja que explotaría la pompa de nuestros excesos, de tus excesos conmigo y yo de excederme a dejártelos cometer.
Sigue desanudándome, desnudándome, desinhibiéndome, desnutriéndome el tiempo, alimentando las horas de su día con el aire de los abrazos que no me diste, que no fueron ni serán nunca como pensábamos que iban a ser.



11 ene. 2013

Lo que no llega




No es ella, no soy tú.
No son las horas que me paso
Soñando que sueñas tú un poco conmigo.

Yo te quise, te quise y empecé haciéndolo
Cuando ni si quiera sabía
Que el cómo tú me miras
podía llegar a existir.

Te quise y te estoy dejando echar a perder,
Volví a acabar, ludópata, manca y coja
De poner más de una vez
Alguna extremidad al fuego.

Y se consumen, como los pocos besos
Que me quedan, tuyos, en el congelador.

Y te quise, como se quieren las causas perdidas,
Antes de saber que lo son.

Y te quise, como no se quiere
Lo que todavía no ha llegado a ser amor. 



9 ene. 2013

En automático

En qué momento dejé de remontar el vuelo, haciendo los ecos más comunes, más costumbres. Qué es lo que estoy haciendo tan mal como para que nadie se quede el tiempo suficiente para sacarme brillo. Dímelo tú, Noemí, dímelo tú, que metes en remojo de vez en cuando lo que duele para que se ablande un poco y golpeé con menos fuerza. Y amortigüe los nudillos de esos besos escuetos que como puños te hacen replantearte si de verdad es así cómo quieres que sea siempre todo.
Vivir en automático.
Vivir en pechos que te estallan como una bomba nuclear, desparramando por todos lados los motivos que creías que te iban a servir como billete sólo de ida, volviéndolos radiactivos, convirtiéndote en la chica tóxica que siempre has sido, al fin y al cabo.
Volví a mi centro, como un péndulo que se balancea en su gravedad chocando con los bordes de mis desencuentros, bajando el ritmo hasta no ser interrumpido por ningún agente externo. Y ahí apareció tu dedo, golpeándolo de nuevo, haciendo vibrar la cuerda tensada de la que cuelga mi cabeza. Y ahí estoy, tú que lo sabes, tú que te vistes mejor cuando estás segura de que voy a visitarte en sueños, estoy balanceándome, volteándome, emitiendo mi ruido para que vengas y te quedes a escuchar.



6 ene. 2013

El trato


“No vale quererse” me dijo, bajo las sábanas. “Es un trato y hay que sellarlo” y se acercó a mí para hacerlo tangible con el peso de su beso. Y dije “No, no quiero prometer lo que no cumpliré.” Y cayó el valor en las redes de un silencio que aplastó los jardines de vistazos y reojos. Y dije “No quiero prometer lo que no estoy cumpliendo”.
Y me besó y dijo que lo cumpliría. Y me callé, y, conmigo, mis ojos se cerraron al abrazarla.

Qué fácil, dejarlo todo en un te quiero a medio hacer, que si se saca antes de tiempo acaba crudo e incomible.
Que difícil decirle que los besos que no quiero dar no son válidos para cerrar tratos.
Y ella no lo sabe, que sigo en la transición entre mi equilibrio y ponerme la cabeza en los pies y meterla por la escuadra.

2 ene. 2013

Las cosas claras y el chocolate sin azúcar



Dije que me gustaban tus ojos un día. Pero ahora me gustan a todas horas. Dije que me gustaban tus ojos y todavía no los he probado, no los he rozado con los míos ni un poco.
Dije que eran enormes puntos de inflexión que me desajustan las esquinas de mis sonrisas cortesanas. Dije, dije que eras preciosa, que para que mirar el cielo si te tengo a ti aquí abajo.
Dije que me intercambiabas pestañeos cada vez que sueño un poco que me miras diferente. Quiero ser esa mirada que me eches encima que marque la diferencia.
Porque he dicho de ti a todo el mundo que ni si quiera te conozco, que sé lo que te duele y como curarlo y que dije que podría hacerlo si te dejas. Dije que podría sacarte de cualquier sitio donde no quisieras estar.
Te dedico estas palabras, tú que me desconoces, tú que me hablas a los ojos que aún no te han comido del todo, tú que quieres que te sonría un poco más cerca esta vez. Te dedico estas palabras porque sé que te mereces leerlas y por eso te las doy, sin pedirte nada a cambio.
Porque dije, digo y diré todo lo que haces que piense sobre ti y no servirá de nada. Porque lo que diga se queda en el aire, se vende a las inhalaciones de otros pulmones que no son los tuyos y no sirven. Quiero que compres cada una de ellas y te la tatúes a la espalda, quiero hacerte renacer de esas cenizas donde te fumaron.
Quiero enmudecerte la voz con los mismos dedos con los que te haré gritar.
Quiero que mis palabras, lo que te digo y lo que no, sean los escalofríos que hagan que me abraces, que me beses, que te deshagas, que de ti no queden más que las ganas de reinventarte.

De relatarnos, de grabar la película de tus duelos de espadas de juguete que no hacen daño. De ti y de mí, de temblar.

Dije que no hablaría demasiado de ti, que no escribiría sobre cuánto me gustan tus ojos, esos que me gustarían más si me pudieran mirar ahora.
Dije que no escribiría sobre ti, porque escribir sobre alguien, para mí, es convertirlo más que en unas pocas sonrisas y palabras bonitas. Es cambiar el punto de sitio, es no ponerle un final o un límite. Es, tal vez, errar. Equivocarme.
No quiero ser otra de esas chicas que se equivocan contigo. No quiero que seas otra de esas chicas que me prenden fuego.
No quiero decir que dije que te quedarías en chispas sin provocarme un incendio.
Quiero seguir escuchando tu ruido de lejos, sin quedarme sorda. Quiero… ¿Por qué hablar de lo que quiero? Puede que te quiera a ti y por eso mismo no quiero saberlo.
Y por eso mismo no escribo sobre ti, y por eso mismo me callo, me muerdo el labio y espero que no me pidas que me desnude esta vez porque verías lo que no quiero ver yo.
No quiero echar a perder nuestro rodaje antes de que apenas se haya estrenado la primera parte de la película. Y lo echaré a perder, a ganar, lo echaré a suertes a pesar de que no me quedan más extremidades que apostar. Apostaré mis ojos a mantenerlos cerrados cuando acabes y asomen los créditos sin mi nombre en ellos.