4 nov. 2012

Hueco


Ya no me miento demasiado. Últimamente me saco de dentro y me paseo, y recibo los rayos que no devoré en los pocos días que hace buen tiempo en invierno. Y pensar que para mí buenos días son lluviosos y oscuros, casi ahogados como este, donde algo me aprieta el estómago y sólo puedo dejarme salir.
Y paseo. Camino mucho, demasiado a veces y me voy tan lejos que… cuesta encontrarme. Y a veces me sorprendo dormida apoyada en la arboleda de sus brazos de hace muchos pensamientos. Que a saliva y lágrimas, crecieron nuestros sueños y murieron de viejos. Sé que lo sabes, aunque no tanto como solías saberlo. Ahora es distinto, cada una se empana pensando en cosas diferentes, ¿no?
Pero no fueron huellas tus pisadas o tus arreglos, ni tampoco la memoria se vuelve virgen después de tanto polvo echado… Y no, no somos conscientes.
O sí. Cuando el estado de la memoria del corazón recuerda ese romance oxidado, amor que como Don Quijote, sólo recobró la cordura para morir. Tal vez nos quedamos en extrañas y nos extrañamos a veces y conociéndonos, acabaremos coincidiendo en casualidades de mecha y pólvora.

Te importe o no, ya no curas porque ya no sangro. Que verte fue sólo comprobar que amor ido no vuelve. Y te sigues relamiendo a veces, que lo sé. Y yo sigo creyendo que tengo derecho a seguir teniéndote como parte de mí. Y sólo ocupas el corazón que lleva mi sombra.
Y aunque quisimos, nuestros sueños no eran como Benjamin Button, que de viejos podrían morir naciendo.

Pues no quiero rebobinarte. Ni sacarte brillo. Seguirás siendo ese bonito trofeo de vitrina, empobrecido por el tiempo, asfixiado en polvo y meses y olvidado.
Y dejaré de ser una estúpida que aún cree que no es la única que merece importancia en todo esto.
Fuiste tormenta y te has acabado resumiendo en viento, ruido, murmullo y eco.

Hasta sólo ser vacuo silencio.

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