19 nov. 2012

Foll-Arte




Tengo la boca seca y tampoco me importa. Sólo están tus ojos. También tu saliva, que tiene vida propia y me dice que necesita que alguien se drogue con ella. Y claro, yo me dejo quemar.

Tu ropa congela y tu piel arde, y la quito, la araño, la arranco y la desgarro. Todo eso en mi cabeza. A veces te tengo encima y te lo hago todo en ella que me quedo en ascuas pensando que ha sido real. Y a veces lo es, y cuando lo es, el mundo se reduce a chispas. Nos destruimos mutuamente y van cayendo edificios. Se apilan nuestros civiles caídos, los escombros no son si no las veces que dijimos que saldría mal. Intentamos mordernos, hacernos polvo cósmico y sólo nos pinchamos y sangramos. Entonces sabemos que es real, que nos estamos sucediendo al final.

Pruebo un pequeño bocado de ti y me hago grande como Alicia, y la ropa se me queda pequeña, me aprieta y estalla dejando paso a la piel que te grita. Más y más. Y entro en tu nube, donde a ciegas voy leyendo el braille de tus miradas de neblina estelar. No veo nada, sólo cada lunar tuyo en cada esquina, esperando clientes. Se acercan mis dedos y pagan una ronda de besos de esos que importas desde dentro, sólo para ese único momento en el que la piel es el único abrigo visible.

No hay armaduras. No hay miedos. Sólo nuestra ceguera, sin oír más que respiraciones ahogadas. No hay alrededor, ni hay tiempo. Sólo está ese pequeño espacio que ocupa un poco más de lo que somos enredadas. Sólo ese pequeño recoveco del universo, en el que sólo existen tus ojos para todas las comidas del día, dónde respiro el aire que respiras y el tiempo se mide en latidos. Dónde nos dejamos sin nada, dándonos todo en forma de hecatombes y tormentas solares. Ciegas, sordas, ebrias de nosotras mismas.
Y es en esos momentos, en los que haces que me olvide que existo en la Tierra.

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