28 nov. 2012

El límite


He cruzado la línea. Esa línea que dije que no cruzaría en bastante tiempo. Créeme que he desgastado mucho mis pastillas de frenos intentado eludir la obviedad. Sabía de sobra que estaba introduciéndome en terreno conocido y sangrante, rehaciendo el camino de miles de heridas que no han sanado aún. Tal vez por eso me duele empezar a quererte.
Me he dejado hacer, al final. He cedido a los encantos escondidos, a tus secretos de llave y candado. Y no quería. No quería darte el poder, no quería enseñarte mis puntos débiles, mi “criptonita”, porque ni si quiera soy una heroína que pueda salvarte de ti misma. Pero eso todavía no lo sabes.
No quería que supieras quien soy, ni a qué dedico mi insomnio. Y sin embargo, es él quién ha ido a buscarte. Ese pajarito que siempre te lo cuenta todo.
No quería tampoco que supieras cuándo me pasa algo y cuándo no. No quería que me liberaras de la prisión que supone callarme el mundo. Y siempre, acabo diciéndotelo, sea ebria, sea entre risas o quitándole importancia, me vuelvo translúcida cuando tú eres quién pregunta con esos ojos que no existen en otras cuencas que no sean en las tuyas.
No quería que fueras capaz de cambiarme de lugar los días de la semana, que los lunes quiera que sean viernes, los viernes, sábados y los domingos viernes, y vuelta a empezar. No quería que quitaras horas a mis días para que pasen más amenos, sólo por la única razón de verte. No quería que llegara el momento que cambiara un “Si no funciona, no importa, ya vendrá otra” por un “Si vienes, que seas tú”.
No quería romper mi caparazón, no quería dejarte entrar. Pero no me malentiendas. Simplemente es el miedo que tengo a esos picos que no hacen daño, que luego te abren en canal y adiós mariposas. Y las mariposas son como las neuronas, ¿no lo sabías? También funcionan con el oxígeno, de las palabras, y se me han muerto miles intoxicadas por mentiras e intereses.

Sólo quería decirte que he cruzado la línea, esa que al pasarla, si te atreves a mirar hacia atrás, te llamarán cobarde. Y aunque he pensado en huir, salir corriendo sin nada que poner entre mis piernas, he optado por escoger la opción más acertada. Lucharé, por ti, si me dejas, sin condiciones. Y cuando sienta que quiero de más, simplemente me iré.
Y no será huir, ni será de cobarde.
Simplemente conozco lo que merezco y lo que no. Y confío, ahora un poco más que ayer, que seremos puños, nuestros pasos golpes y que daremos ese gancho de izquierda que se merece el mundo. 
Déjame hacer y nos convertiré en leyenda.

21 nov. 2012

Pedazo



Lo sientes, lo siento. Pero tú lo sabes menos que yo. Hacemos aguas por todas partes. Y no nos cansamos de hundirnos una y otra vez, como una costumbre y no suelo calificarme como una chica de costumbres. Tal vez sí de no diferenciar las mismas piedras que me hacen tropezar con el camino por el que paseo.

Qué magnéticos tus ojos, ojos de páramo onírico. Si voy al infierno quiero que me lleven ellos en su neblina difusa, que se me agotan los pasajes para escapar de este mundo de locos. Y desde lejos, me he acostumbrado a llevar una corbata que me aprieta demasiado y ni si quiera me pega con los zapatos. Tal vez no eres tú, ni yo, ni el tiempo que ha pasado. Sólo no queda aire suficiente en esta mi cápsula para poder mantenernos vivas a ambas. Pero sólo es un supuesto giro de los acontecimientos, porque sigo sin querer soltarte, ver lo que me creas dentro. De momento tan sólo me sustentan mis venas, que se rellenan de ilusiones líquidas y grisáceas, de gotero barato de la autosuficiencia de lo que me supone poner esta tercera mano al fuego. Ya no me quedan extremidades que apostar en esta carrera contrarreloj en la que si no entras en el tiempo, mi corazón deja de absorber para acabar pesándose en gramos.

No quiero convertirme en polvo aún, ni arder si no es contra tu lengua. Sólo quiero que me hagas sentir lo suficiente, ese placaje a mi pared de yeso, que la derrumbe de una vez por todas y pueda respirar el oxígeno que supone que existas.
Y se está acabando el tiempo para algo más, cuando sólo importa lo de menos.

19 nov. 2012

Foll-Arte




Tengo la boca seca y tampoco me importa. Sólo están tus ojos. También tu saliva, que tiene vida propia y me dice que necesita que alguien se drogue con ella. Y claro, yo me dejo quemar.

Tu ropa congela y tu piel arde, y la quito, la araño, la arranco y la desgarro. Todo eso en mi cabeza. A veces te tengo encima y te lo hago todo en ella que me quedo en ascuas pensando que ha sido real. Y a veces lo es, y cuando lo es, el mundo se reduce a chispas. Nos destruimos mutuamente y van cayendo edificios. Se apilan nuestros civiles caídos, los escombros no son si no las veces que dijimos que saldría mal. Intentamos mordernos, hacernos polvo cósmico y sólo nos pinchamos y sangramos. Entonces sabemos que es real, que nos estamos sucediendo al final.

Pruebo un pequeño bocado de ti y me hago grande como Alicia, y la ropa se me queda pequeña, me aprieta y estalla dejando paso a la piel que te grita. Más y más. Y entro en tu nube, donde a ciegas voy leyendo el braille de tus miradas de neblina estelar. No veo nada, sólo cada lunar tuyo en cada esquina, esperando clientes. Se acercan mis dedos y pagan una ronda de besos de esos que importas desde dentro, sólo para ese único momento en el que la piel es el único abrigo visible.

No hay armaduras. No hay miedos. Sólo nuestra ceguera, sin oír más que respiraciones ahogadas. No hay alrededor, ni hay tiempo. Sólo está ese pequeño espacio que ocupa un poco más de lo que somos enredadas. Sólo ese pequeño recoveco del universo, en el que sólo existen tus ojos para todas las comidas del día, dónde respiro el aire que respiras y el tiempo se mide en latidos. Dónde nos dejamos sin nada, dándonos todo en forma de hecatombes y tormentas solares. Ciegas, sordas, ebrias de nosotras mismas.
Y es en esos momentos, en los que haces que me olvide que existo en la Tierra.

4 nov. 2012

Hueco


Ya no me miento demasiado. Últimamente me saco de dentro y me paseo, y recibo los rayos que no devoré en los pocos días que hace buen tiempo en invierno. Y pensar que para mí buenos días son lluviosos y oscuros, casi ahogados como este, donde algo me aprieta el estómago y sólo puedo dejarme salir.
Y paseo. Camino mucho, demasiado a veces y me voy tan lejos que… cuesta encontrarme. Y a veces me sorprendo dormida apoyada en la arboleda de sus brazos de hace muchos pensamientos. Que a saliva y lágrimas, crecieron nuestros sueños y murieron de viejos. Sé que lo sabes, aunque no tanto como solías saberlo. Ahora es distinto, cada una se empana pensando en cosas diferentes, ¿no?
Pero no fueron huellas tus pisadas o tus arreglos, ni tampoco la memoria se vuelve virgen después de tanto polvo echado… Y no, no somos conscientes.
O sí. Cuando el estado de la memoria del corazón recuerda ese romance oxidado, amor que como Don Quijote, sólo recobró la cordura para morir. Tal vez nos quedamos en extrañas y nos extrañamos a veces y conociéndonos, acabaremos coincidiendo en casualidades de mecha y pólvora.

Te importe o no, ya no curas porque ya no sangro. Que verte fue sólo comprobar que amor ido no vuelve. Y te sigues relamiendo a veces, que lo sé. Y yo sigo creyendo que tengo derecho a seguir teniéndote como parte de mí. Y sólo ocupas el corazón que lleva mi sombra.
Y aunque quisimos, nuestros sueños no eran como Benjamin Button, que de viejos podrían morir naciendo.

Pues no quiero rebobinarte. Ni sacarte brillo. Seguirás siendo ese bonito trofeo de vitrina, empobrecido por el tiempo, asfixiado en polvo y meses y olvidado.
Y dejaré de ser una estúpida que aún cree que no es la única que merece importancia en todo esto.
Fuiste tormenta y te has acabado resumiendo en viento, ruido, murmullo y eco.

Hasta sólo ser vacuo silencio.

2 nov. 2012

Marrones

Tus ojos.
Dos esferas clavadas en mí,
en mi nuca cuando no miro.
Dos incandescentes parpadeos,
Que me electrifican con la humedad
De las sábanas.

Ojos redondos, almendrados a veces,
Cuando ríes y te haces grande.
Cuando feliz, creces.
Ojos del averno, del beso ignífugo
De las jaulas de tus pestañas de agua.

Ojos que devoran ropa y piel,
Que liman hueso
Y cosen las sonrisas que de capa caída,
no vencen a malvados villanos.

Uno, dos. Ojos de apego.
Ojos que besan a escondidas
Y sobrevuelan las calles de lo orgánico.
Mirada orgásmica del humo que sale
De la fricción de nuestras pupilas.
Sin dilatar.

Ojos de desgaste, de bocas del insomnio.
Ojos del desorden, de tu voz y sus aullidos.
Tus ojos son dos gritos de aviso.
Mirarlos es respirar, bocanadas del aire
Más difuso de la despensa del pulmón.

Ojos que me meriendo,
Ojos que desgarro con los míos.
Ojos de planeo, de planetas esquivos.
Ojos analíticos y secuaces
De mi placer de engaño.

Del tejido de tus ojos
Me hago las noches.
De tus noches,
Tan sólo tus ojos.


Miradas de ebrio
Coraje de saberte a dulces penas.
Fulgor de vistazos inequívocos,
De la memoria de mi almohada.

Tus reojos son los fuegos artificiales,
Que curan mis mariposas heridas.

Tus ojos, malditos tus ojos.
Tiernos puntos de inflexión.
Tus ojos son la libertad
A la que me quiero dedicar.

Son ellos, malas artes.
De sacarme de todo lo bueno
Que quedó en posos.
De convertir más de mis ecos vacíos
En golpes mudos.

De devolverme el aire a la garganta
Y poder seguir hablando
De lo bonito que es tu cuello,
Del que me colgaría sin dudar.

Tus ojos… Son una cárcel.
Con una puerta abierta
Y un horario sin establecer.
Donde me recluyo en amaneceres de espino.
Dos llaves, son ellos, con las que me abres
Y me quitas el polvo con caos.

Tus ojos son poesía ilusa
y este poema estúpido y soñador
te cree suya.

Vérsame el aire, como cuando miras
Desgarbada como te saco brillo.

Ellos marrones y comunes,
Son alados.

Mis ojos, mis malditos ojos…
Sólo desean que los hagas tuyos.