11 oct. 2012

Lucha de titanes

Siempre hay complicaciones. Cuando parece que todo va bien, que has conseguido erguir la vela partida por las últimas tormentas de verano, siempre está esa cuerda que sobresale, ese cabo suelto que vuelve a hacerla caer.
Me he sentido mal el tiempo suficiente como para estar demasiado cansada para seguir dando palos de ciego. Si te quieres ir, vete. Porque tu lucha no guarda más que sangre y lágrimas inútiles. Abordé tu barco hace tiempo y encontré ese tipo de cosas que hacen que te quedes, pero tenían fecha de caducidad y con tanto dolor han acabado en necrosis. Me obligo a pensar que ocurre lo mismo conmigo. Todos nos hacemos daño sin pestañear a veces y aunque sé que estaba haciendo las cosas tal y como dije que las haría, quizás era demasiado tarde. Aunque lo hubiera intentado hace meses, siempre sería tarde.

Me ocupo las neuronas en pensar que si se van es porque yo quise que así fueran, aunque en parte no haya sido así. Con el primer gancho de izquierda, me dio por creer que la culpa la tenía yo. Tal vez sí que sea cierto, si recordamos el pasado, porque acumulo mis errores allí, como casi todo el mundo. Y digo casi, porque algunas personas prefieren metérselos en la mochila y andar con ellos por ahí. Yo no me martirizo por esas cosas, porque lo entiendo casi todo. También me miento mucho, aunque lo hago sin querer.
El puñetazo en estómago que le siguió, fue darme cuenta de que yo también estaba harta. De ser débil, de dejarme manipular, de permitir que me afecten cosas que no tendrían porqué afectarme. Y el dolor fue el de abrir los ojos por septuagésima vez y ver que realmente estaba cometiendo el mismo error, el que me hace daño a mí. Pasé de sus cadenas a las tuyas, creyendo que era libre cuando era la misma mierda, con distinto perfume.
Creí de verdad que era capaz de hacer algo por ti. Tal vez fui demasiado orgullosa como para dejarme vencer por tus golpes y quise seguir ahí a pesar de todo, porque de verdad pensaba que es donde tenía que estar. Pero no, ese ya no era mi lugar. Yo no pertenezco a ningún sitio que no sean los pies de mi sombra. Y esa fue mi patada a la espinilla, creer que aún podía hacer algo, pero con el tiempo vas viendo que hagas lo que hagas, esté mal, esté bien, si tú seguías pensando que yo era horrible y seguías revolcándote en la basura de todo esto, nada sirve ser perfecta en lo que a acciones se refiere. Si ha acabado así es porque no había más vueltas que darle, y yo le di demasiadas, me temo.

Sea como sea, fue nuestra lucha de titanes, tu lucha, esa que dejaba más heridos que salvaba más rehenes. Y llevo días sintiendo que aunque me esfuerce, no consigo que mi suerte cambie. Parece que para mí el plan sea que me queme siempre en la hoguera, como una pesadilla que se repite siempre que te vuelves a dormir. Y me sigo negando a que sea así, pero ahora es diferente. En mi vida sólo quiero a personas que me acepten tal y como soy, como yo siempre he hecho con los demás. Que ser la gilipollas molde de suela de todo el mundo es un peinado que ya no se lleva. Estoy cansada de permitir que eso suceda casi todas las veces que dejo que me vean por dentro.

Y seguiré adelante como siempre he hecho. Porque no la necesito ni a ella ni tampoco te necesito a ti para ser quién soy. Y viviré siempre con la idea de que hice lo que pude y no lo que quería alguien que hiciera.

Sé libre, como yo intento serlo a veces.

Bon voyage.

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