20 ago. 2012

Sin rencor



Me fumo los suspiros junto con las ganas de volar. Siempre supimos que no era fácil hacerlo. Siempre supimos que para volar se necesitan cosas bonitas en las que pensar.

Me escapo de las tildes que lidian con la palabra corazón y tú, tú que sabrás de él y de su dolor. Qué sabréis vosotros de él y de sus miedos.
A veces salta al vacío, creyendo ver una piscina al fondo, pero al caer unos brazos lo agarran. No lo cogen, no, lo agarran. Lo exprimen, le hacen hablar, a veces ahoga sus lágrimas entre latidos porque no puede irse, porque no puede dejarlo.

Droga de corazones anestesiados.
Ya no duele, sabiendo que los recuerdos estaban enfermos e iban a morir, no sorprende. Sólo quedan rastros en el aire viciado de la soledad venidera.
Quién quiso creer en algo, al fin y al cabo, acaba quemándole los oídos por no escuchar la voz de la verdad. ¿Realmente sabemos cuándo estamos perdidos o cuándo estamos a punto de perdernos?
Nadie te pone el reloj a la hora, ni un alarma que dicte la sentencia del error. Nadie te dice cuando te equivocas ni si realmente lo harás. El sonido de la equivocación viene en forma de rechazo, de reproche y de dolor. Tú eres la diana, sus palabras los dardos que te atraviesan. Su premio, el desahogo. Tu trabajo, el de saber sumar los puntos, que no son sino los fallos acumulados. Tus fallos son sus aciertos. Ellos supieron que te equivocabas antes de saber si quiera lo que tú misma ibas a hacer. Y, sin embargo, se quedaron ahí, expectantes, esperando que erraras para venir corriendo a decirte cómo llevar tu vida.

No más. Así acabó.
Diciendo que no volverías a lo mismo.
Mi tarea ahora es empezar a creérmelo. Aunque no tenga ganas ni las pretenda tener.

5 ago. 2012

Causa y efecto



¿Dónde empieza la necesidad y dónde el deseo? ¿Cómo sabes por dónde has de caminar si pareces andar campo a través?
Como si esta sensación fuera un puñetazo que te da el alma para que te des cuenta de lo que te estás haciendo, así siento mi estómago hoy. La nostalgia parece ser lo único que hay hoy para comer.
Echo de menos ser niña y que la única exigencia sea que me coma las lentejas. También echo de menos ir al colegio con los ojos pegados y sacar las asignaturas con matrículas de oídas. Que ir al parque sea una aventura cada tarde. Que dibujar sea lo que más me gusta del mundo mundial y sentirme especial por ello.
Como desearía llorar sólo cuando, subiéndome a los árboles, me caigo de ellos y la rodilla me empieza a sangrar. Y ser capaz de lamerme la herida y volver a subir.

Quién no quisiera volver atrás. Quién no querría que todo fuese fácil, nunca crecer, vivir en una felicidad infinita y pura como lo es ser niño. Y jamás cansarte de sonreír y de que ningún monstruo parezca lo suficientemente grande como para vencerte. Que tus únicos miedos sean fáciles de sobrellevar. Quién no quisiera que la oscuridad a la que antes temías se cambiara por la que siento yo ahora.


Y sé que esto que siento hoy, volverá a invadirme la mente dentro de treinta años cuando recuerde quién era y quién soy. A cuántos amé y cuántos me odiaron por no hacerlo. Mis victorias y mis fracasos, marcados como cicatrices en cada lugar dónde dejé que me doliera algo. Viviendo la vida siempre joven, sin miedo al temible después, el ir y venir de cada existencia humana sin saber el comienzo ni el final de esta. Escribiendo en tus pies el camino a seguir, esperando, teniendo fé ciega en las expectativas que tú mismo te impones como “por cumplir”. Siendo constante y estúpido, ignorando el tiempo, ingenuo de tu propia equivocación obvia, sufrida y sangrante. Cuando estás allí y no aquí, en el tiempo y te dices “valió la pena” es cuando no perdiste el tiempo con matices. Cuando elegiste, cuando te equivocaste. Y cuando muchas veces diste en el blanco.

Tal vez te duela en el momento de elegir y sufras. Tal vez creas que no se puede superar el dolor que sientes en ese momento, sin creer que el tiempo pasará y nada importará lo que dolió sino lo que acabó significando. Qué más da lo que duela, cuando todo pasa.

Porque como me decían a mí al caer del árbol y agarraba a llorar: “Levántate, ese dolor es sólo el golpe”.