21 ene. 2012

Recesión




Tenerte tantas veces dentro de la cabeza, me hace preguntarme quién eres ahora. Acabo de cumplir diecisiete años y me siento idiota en mi mayoría. He dejado escapar demasiadas oportunidades de ser feliz y, al fin y al cabo, es eso lo que llevo buscando desde que sé lo que significa.


“La felicidad es el porqué de la vida y es lo que todos debemos encontrar en ella”.


Esa frase es una de las muchas que se me han quedado grabadas de mi infancia y ese deseo aún perdura. Pero, ¿cómo sabes que una cosa te hará feliz a la larga o no? El sólo simple hecho de sentirte bien con ello superficialmente no aclara nada, porque sabes, sé, que eso siempre cambia conforme va pasando el tiempo y se van olvidando esos motivos por los que empezaste esto o lo otro.


Siempre me han dicho que hablo demasiado del amor, ese cuento que tiene a medio mundo encandilado, ese cuento que nos leían de pequeños antes de ir a dormir. Ese cuento que te rompe demasiadas veces, y ya no el amor, si no su forma de utilizar ese amor con los demás. Que no decir que es un arma, más fuerte que ninguna otra, un arma que puede hacer feliz a todo el mundo a la vez o hundir a sólo uno en su contrario, el odio. Pero no entremos ahí. El odio es tan fácil de sentir como el amor, y a veces cuesta mucho enamorarte o darte cuenta de que lo estás. Ahí entra el papel del miedo, cuando él te agarra del cuello y junto con la negatividad, te cuenta lo que será de ti si decides amar.


Muchas veces, he de reconocer y todos, que la consecuencia de amar no es siempre “fueron felices y comieron perdices” pero ahí recae el riesgo. También, la felicidad que puedas sentir durante ese viaje es comparable a lo que sufrirás si de repente esa felicidad se pierde. Cuánto más feliz seas, más sufrirás si esa felicidad de repente desaparece. Pero lo que viviste, lo feliz que has sido recorriendo ese mundo, eso nada ni nadie puede quitártelo.


Con esto quiero llegar a que, si sabes que alguien puede hacerte feliz, despreocúpate de lo demás y vívelo. Aunque duela después, nadie podrá arrebatarte esa felicidad, esos recuerdos y siempre habrás aprendido algo, aunque no lo creas. Y cuando aprendes y recuerdas lo bueno, lo mejor viene después. Porque ya has vivido esa prueba difícil y la has superado. Has puesto masilla y cemento donde erraste y ya jamás volverán a abrirse esas fugas. Pero, es cierto, que somos humanos y que aprendemos a base de palos. Puede que vuelvas a equivocarte, pero si tú quieres, siempre puede ser para mejor.






Y ahora, recaigo sobre mi primera frase: ¿quién eres ahora para mí?


No lo sé. Ni siquiera sé quién es para mí cualquier persona. Y lo que he dicho anteriormente queda vacío de toda credibilidad cuando digo que ni yo misma lo pongo en práctica. Tal vez necesite un empujón, tal vez te necesite a mi lado una vez más. No puedo obligar a nadie a que haga esto de esta forma. No puedo obligarme a sentir, cuando no sé qué es lo que siento. No puedo obligarme a decidir. Tal vez la solución sea alejarme de todo esto más de lo que me he alejado, perderlo todo, para saber qué es lo que quiero recuperar. Tal vez sólo necesite dejarlo todo, para saber que es por ti, sea quién seas. Porque, lo dejaría todo por ti… Si realmente fuera capaz de hacerlo y me dieras el motivo único por el que abrazarte con fuerza al despertar. Aunque motivos para ese, encuentre millones más.


Lamentablemente, estoy enganchada a eso que me haces de nuevo sentir, ese calor que tanto eché de menos meses atrás, esa boca que no se equivoca ni un poco en su forma.


Ese amor que aparcamos durante meses y que parece nacer tan sólo de chispas… Y en tan sólo dos semanas hayamos visto nacer llamaradas de ellas. Y parece nunca acabar.


Estoy tan colgada de esas pestañas, de esos ojos, los tuyos, de tus piernas y brazos sobre mí. De toda tú en lo que eres, sobre mí. De esos “te quiero” que hacen que te cierre la boca con un beso cuando estás a medio acabar de decirlos. Y saber a ciencia cierta, que pase lo que pase, seguirás siendo ese motivo único por el que amar a alguien deja de asustar. Aunque siga sin saber quién de ambas guardará la felicidad que necesito, y yo siga sin arriesgarme a descubrirlo.

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