2 oct. 2011

Un poco de ti y de mí

Si te digo la verdad, no. No sé si soy capaz de levantarme de aquí. Porque a veces "ser capaz" desaparece de mi diccionario del "valor". Porque hay días que creo haberte perdido y me la suda, pero hay días que me despierto pensando que estás ahí, observándome, como hacías cuando yo caía rendida en la almohada y asomabas tus ojitos por encima de mis brazos, para verme dormir. Y todos los días que llevo haciéndome creer que soy algo más que esto, aguantándome el aire en los pulmones y, que cuando por fin decido respirar, me doy cuenta de que se me ha olvidado como hacerlo. Y muero, y revivo, y a veces creo que no hace falta hacerlo.
Es difícil, qué quieres que te diga. Y supongo, qué quieres que te importe, porque a veces parece que todo está pintado del mismo color indiferente, en ese lienzo gris donde hundo mis manos y me atrapa.
Creo que lo que más duele de toda esta mierda, que cada vez me rodea más y me aprieta, es no tener sueños agradables que recordar. ¿Sabes? En casi todos sales tú y siempre intento que no me afecte. Pero ese factor, ese puto sueño que no es sino un puto recuerdo más, tuyo, convierte todo el día, hasta que vuelvo a cerrar los ojos, en un pozo sin luz. Y me dan ganas de vomitar todo este dolor y dejarlo todo perdido, y salir corriendo también, pero si sigo aquí es porque SÍ sé enfrentarme a toda esta basura de vida que me ha tocado. Y me duele la cabeza, y cada día muero un poquito más.
Y qué te importe, ese es el menor de mis problemas. Aún así, sigue siendo el que más me importa.
Y ver todas las paredes de mi vida manchadas de ti, todas las farolas encendidas con la misma luz. Dan ganas de morirse, joder. O dan ganas de creerse muerto. Porque tener mi pecho lleno de "echarte de menos", como si fuera un puto cáncer de pulmón que drena mi oxígeno con desgana. Porque ni siquiera necesito echarte en falta, porque la falta es el vacío, y el vacío es un agujero, y cuando llego aquí, ni siquiera sé de qué estaba hablando. Seguramente de nada, que es de lo que más tengo ahora. Y eso empapa las sábanas de cualquiera, y no sólo de sudor, sino de la sangre que a veces creo que mis oídos lloran, cuando me despierto con tu voz alrededor y otra vez vuelve la angustia de cada día.
Y es que no te quiero en mis sueños abrazándome, que eso es como algo que no tendría porqué ser así, si fuera sólo en la realidad como tendría que ser, y no es. No es y ya sabemos por qué no es, pero a mí nadie puede quitarme lo que siento, que es la ropa con la visto a mi alma y desnuda parece que no es atractiva, y a oscuras me quedo. Y creéme, que de nada sirve que me abraces en mis sueños. Hazlo aquí y ten huevos de creer que lo estás haciendo. Porque tú también lo sientes. Y sino, quien tiene boca se equivoca, y quien no la tiene, mala suerte la suya de no crecer.
Porque sólo quiero mantener viva la idea que tengo de ti, que no me equivoco ni un poco en lo que pienso, pero se va, se va, se va, y yo me voy con ella, y sobre todo, me la guardo dentro. Y por eso a veces tengo ganas de vomitarte y lavarme el estómago de tu precioso léxico y de tus palabras bonitas, que duelen escuchar. Porque ya ni las sientes un poco. Y yo de a poco las siento, del asco que me da tener todo este dolor dentro, como petróleo en mi océano de heridas abiertas. Que se me ha acabado el hilo con el que solía coserlas, y se van curando al aire. Y anda que no tardan en sanar.


1 comentario:

Inés dijo...

Hace tiempo aprendí algo de costura para heridas propias, aunque siempre se me dio mejor aplicarla en heridas ajenas. Y aún me queda hilo...