26 abr. 2011

Murmullos.

Mide tu verdad.
Caminaba sobre sus pasos. Volvía al pasado. Una chica peculiar, decían. Susurros entre la gente al pasar gritaban una y otra vez a las bajas vibraciones de las cuerdas vocales, su nombre en aspavientos y degradaciones. Todos decían de ella que era una chica peculiar, una chica extraña y agradable.
Cuando murió todo pareció cambiar. Total, ¿para que seguir poniendo buena cara?
En realidad todos creían de ella una pedante, mujer a medio acabar que cada vez se volvía más compleja y menos madura. Pero... ¡Qué bella!
Sus ojos avellanados, color del musgo que se expande por los muros de un castillo antiguo, expresaban su sabiduría y la esperanza que retenía en su interior. Todo eso, acompañando a una sonrisa infantil y desgarbada, pero a la vez llena de una sutileza sólo comparable a las delicias de la muerte, perseguían a los más desgraciados en sus sueños más húmedos e inalcanzables. Porque sí, es cierto, era una chica de rasgos élficos, del lugar de donde vienen las hadas y los espíritus del bosque y de cuerpo esculpido en el más remoto e insospechado lugar de la tierra, o del universo, pues parecía estar fabricada por polvo lunar. Porque, ya sabemos que los lugares remotos siempre suelen ser los más bonitos. Aún así, ni su cuerpo, ni su boca eran comparables a aquellos dos enormes faros que alumbrarían hasta las más oscuras profundidades marinas, que se posaban sobre mí y me caldeaban el alma, que, cuando ellos se abrían, cuando lloraban o se reían, en mi interior se me desbordaban las arterias y la sangre se me congelaba en las venas. Porque podía hacerte hervir de pura adoración o convertirte en motas de hielo, ya deshecho.
Porque supe aprender a pasar sus páginas, en el interior de su retina. Supe leer y entender cada uno de sus movimientos, pues los tengo memorizados en lo más hondo de mi  misma. Porque nadie podrá jamás conocerla tanto como lo hice yo. Tal vez, digáis, ¡qué arrogante! Pero, ciertamente, ¿alguna vez os parásteis a escucharlos? ¿A entenderlos? ¿A besarlos, amarlos, olvidarlos y conversar con ellos?
Aquella chica tan peculiar, aquella chica que, con sólo una palabra, hacía retumbar las paredes de mí misma... Aquella chica ha muerto. Sin embargo, sus ojos, dos pequeñas esmeraldas sin valor alguno ya, siguen despiertos. Siguen siendo parte de su verdadera yo.

Dicen de ella que cambió. Dicen que todo lo que fue se quedó en el pasado y que tal vez volverá, pasada la primavera. Que los rizos de sus letras se arremolinan y se pierden dentro de su cabeza. Que las palabras no le salen y los besos se le han caducado. Que ya no tiene ganas de seguir viviendo y por eso dejó de hacerlo. ¿Pensáis que fue mi culpa que se esfumara, como un mal sueño? Quizás... Quizas.
Sólo sé que dicen que murió y, en cambio, la veo vivir en sus ojos. Una débil llama que resiste y que me habla.

¿Qué dice?

Que se le está perdiendo el amor entre los dedos y que no hay manera de deshacerse de sí misma por un momento y vivir. Tan simple como eso y a la vez tan complicado...
Qué decir...
Que la gente, al pasar, la aclama. Que la gente, al pasar, la añora. Su nombre, flotando en este aire viciado, sonando una y otra vez. Y sólo debe descansar y nadie se lo permite.

Aún quedan cabos sueltos y lo sabe.
Lo que aún se esconde en sus ojos y que se ha convertido en un secreto, que yo sé.
Y ella intuye.

1 comentario:

Kaon dijo...

Me has impresionado.. tu forma de escribir me ha llevado fuera de este mundo. Me he fundido con tus letras y eso, pocos libros lo han hecho..

Hacía tanto tiempo que no me sentía.. así. No sé si debería, pero.. gracias.